PENSAMIENTO Y VIDA
El pecado y la cuaresma
Francisco José Arnaíz S.J. - 2/28/2009
El miércoles con la ceremonia de la imposición de la ceniza la Iglesia ha dado inicio a la Cuaresma. La cuaresma es tiempo de aborrecer nuestros pecados y arrepentirnos de ellos. Sorprende en nuestra generación una notable pérdida de la sensibilidad y conciencia del pecado.
A base de teorías peregrinas ha aumentado por todas partes el número de los “amorales” que dicen no sentirse pecadores. De este fenómeno no escapan muchos de los que se dicen cristianos. Curiosa actitud.
El pecado es una de las realidades más presentes en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Y el pecado, por supuesto, no meramente como trasgresión del orden ético y como corrupción del ser humano, sino como infidelidad a Dios y rompimiento con él.
El mismo término de “pecado” en su raíz etimológica es ya muy significativo.
Pecado viene de la palabra latina “Pecatum” que procede de “pecus” bestia. “Pecare” es una contracción de “pecuare” que significa proceder al modo de las bestias, que carecen de racionalidad. La frase es fuerte pero expresiva. Todo pecado es una animalada, una dimisión clara de nuestra condición de seres racionales. Es una degradación. Se entiende así que la sociedad pueda convertirse en una selva.
El pecado y su perdón por parte Dios es, por otro lado, una de esas verdades que avanzan progresivamente en su esclarecimiento a lo largo de los libros sagrados de la Biblia. Isaías nos habla así: “La mano del Señor no se queda corta para salvar, ni es duro de oído para oir. Son las culpas del hombre las que se interponen entre él y su Dios. Son sus pecados los que le ocultan su rostro e impiden que le oigamos” (Is. 59, 1’2)
En el Antiguo Testamento son varios los términos con los que quiere desentrañar esa realidad que nos aparta de Dios.
Los vocablos más veces empleados son: pecado, delito, rebelión, trasgresión, abominación, mancha, falla y esclavitud. Cada vocablo enfatiza una dimensión distinta del pecado y nos muestra su dañino poliedrismo, las diversas caras de una misma realidad.
El pecado en sí es corrupción de la persona, perversión de la inteligencia y de la voluntad, perturbación del orden debido y trastorno de las relaciones correctas del ser humano con Dios y con la creación, y de los seres humanos entre sí.
Desde el punto de vista psicológico ñtambién moral- el pecado es para el Antiguo Testamento “culpabilidad humana” en virtud del uso irresponsable del gran don de la libertad. Dice sin rodeos el Eclesiástico: “El Señor creó al ser humano al principio y lo entregó en poder de su albedrío. Si quieres, guardarás sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad. Ante ti están puesto el fuego y el agua. Echa mano a lo que quieras: Delante del ser humano están la muerte y la vida. Le darán lo que él escoja” (Ecl 14, 13-17).
Según el Antiguo Testamento el proceso completo del pecado incluye tentación interna o externa, consentimiento y ejecución . Es paradigmático el pasaje bíblico de Adán y Eva, Génesis cap. 13. El Salmo 38 dice: “Me tienden lazos los que intentan contra mí” (versículo 13).
Hay también pecados individuales y pecados colectivos. Como en el bien así también en el mal hay complicidad y actuación vinculada y vinculante. Dice el Salmo 106, versículo 6: “Hemos pecado con nuestros padres, hemos cometido con ellos maldades e inequidades”.
Y Daniel oró así al Señor: “Señor, Dios grande y terrible, que guardas la alianza y eres leal con lo que Te aman y cumplen tus mandamientos: Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y de tus preceptos. No hicimos caso a tus siervos, los profetas que hablaban en tu nombre a nuestros reyes a nuestros príncipes, padres y terratenientes. Señor nos abruma la vergüenza. Todo Israel quebrantamos tu ley rehusando obedecerte. Por eso nos han caído encima las maldiciones consignadas con juramento en la ley de Moisés, tu siervo porque hemos pecado contra Ti “ (Dan 9, 5.11).
El pecado lo es no sólo porque atenta contra el orden establecido por Dios sino también y ante todo porque atenta contra Dios mismo. Todo pecado, según el Antiguo Testamento, incluye infidelidad a la alianza de Dios con uno. Lo pregona así Oseas, haciéndose eco de todos los profetas: “Toca la trompeta, un águila se cierne sobre la casa del Señor porque han roto mi alianza al rebelarse contra mi ley. Me gritan: te conocemos, Dios de Israel pero Israel rechazó el bien. Que el enemigo lo persiga. Se nombraron reyes sin contar conmigo, se nombraron príncipes sin mi aprobación. Con su plata y con su oro se hicieron ídolos para su perdición” (Os. 8, 1-14)
El fundamento de todo esto es muy obvio. Dios se siente ofendido cuando se atropella al ser humano. Basta recordar el pecado de David. David comete adulterio con Betsabé. Esta le avisa, después, que ha quedado embarazada. David decide matar a Urías, esposo de Betsabé. Ordena que en el campo de batalla lo coloquen en el lugar más peligroso y Urías muere. Dios manda al profeta Natán a David. Natán, después de exponerle la parábola del rico y del pobre le amonesta:”¿Por qué te has burlado del Señor? Y le habla del castigo que recibirá.
El ser humano, de acuerdo al Antiguo Testamento, no hace daño positivo a Dios, pero esto no significa que Dios permanezca indiferente. Job exclama:”Dios es poderoso. No desprecia el corazón sincero, pero no deja con vida al malvado y hace justicia al pobre. No aparta sus ojos de los justos. Los sienta en tronos reales y los exalta para siempre. Sin embargo, cuando los ata con cadenas y los sujeta con cuerdas de aflicción, es para denunciarles sus malas acciones y los pecados de su soberbia. Les abre el oído para que aprendan y los exhorta a convertirse de la maldad.” (Job 36, 5-10)
El pecado por dialéctica interna acarrea en determinados casos desgracias terrenas. Después que el libro de los Jueces ha narrado los pecados y muerte de Abimelec, concluye: “Así pagó Dios a Abimelec lo mal que se portó con su padre asesinando a sus setenta hermanos. Y todo el mal que hicieron los de Siquén, Dios lo hizo recaer sobre ellos. Sobre ellos cayó la maldición de Yotán, hijo de Yerubal” (Jueces, 9, 56-57)
La historia de pecado, para el Antiguo Testamento, arranca de la desobediencia de los primeros padres y se expande y crece en Israel hasta la elección de Abrahán. El pecado de Jeroboán marca la Monarquía del Norte, y un conjunto de pecados ancestrales sella la del Sur. Con tal planteamiento pretende la Revelación iluminar el profundo misterio de la iniquidad, misterio de la historia: el mal junto el bien envolviendo y penetrando al libre y débil ser humano.
Sería poco teológico hablar del pecado en el Antiguo Testamento y silenciar el perdón generoso por parte de Dios. Junto al pecado del ser humano está siempre el perdón de Dios. El Dios del Antiguo Testamento es Dios de indulgencia y misericordia. Resaltando esta realidad dice el Salmo 103: “Bendice alma mía al Señor y todo mi interior a su santo nombre. Bendice, alma mía, y no olvides sus beneficios. El perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades. El rescata tu vida de la fosa y te rodea con su misericordia y su cariño” (versículos 1-4)
El ser humano, sin embargo, para recibir el perdón debe reconocer sus pecados, pedir perdón por ellos y cambiar de conducta. El perdón de Dios entonces sepulta el pecado, lava, borra y trasforma. Es paradigmático el salmo 51:!Piedad de mí, oh Dios, por tu bondad, por tu inmensa ternura, borra mi delito. Lávame a fondo de mi culpa, purifícame de mi pecado. Pues yo reconozco mi delito. Mi pecado está siempre ante mí, contra ti, contra ti solo pequé, lo malo a tus ojos cometí. Por ser justo cuando hablas e irreprochable cuando juzgas, mira que nací culpable, pecador me concibió mi madre. Y tu amas la verdad en lo íntimo del ser, en mi interior me inculcas sabiduría. Rocíame con hisopo hasta quedar limpio. Lávame hasta blanquear más que la nieve” (versículos 1 al 9).
Uno de los temas más reiterativos del Antiguo Testamento es el de la fidelidad de Dios con el ser humano, no obstante su continua e ingrata infidelidad.
San Agustín, que fue gran pecador, escribió muy ungidamente: “Hay como dos cosas: el hombre y el pecador. Dios hizo al ser humano y el ser humano hizo de si mismo el pecador, Destruye lo que tú hiciste, para que Dios salve lo que él hizo. Debes odiar en ti tu obra y amar en ti la obra de Dios. Cuando comience a desagradarte lo que tú hiciste, entonces comienzan tus buenas obras porque acusas tus malas obras. El principio de las obras buenas es la confesión de las obras malas. Obras entonces la verdad y vienes a la luz. No te mimes, no te acaricies, no te adules, no digas “soy justo”, cuando eres malvado y entonces comenzarás a obrar la verdad”.
miércoles, 11 de marzo de 2009
Jose Ramon Hernandez Lebron
PENSAMIENTO Y VIDA
José Ramón Hernández Lebrón
Francisco José Arnaiz S. J. - 10/18/2008
Uno abriga la ilusión de que los seres humanos que quiere nunca se van a morir y, cuando acaece su muerte, uno se siente increíblemente sorprendido y sacudido.
Hay amigos que son como hermanos, parte fundamental de uno. Cuando definitivamente se nos van, tiene uno entonces la ácida sensación de que con ellos se va también algo fundamental de nuestro ser y de nuestro existir.
Conocí por primera vez a José Ramón Hernández en los primeros meses del año 62. Dirigía en esos momentos la Patronal. Como parte de una operación de formación político-social, en la que estábamos metidos un pequeño grupo de jesuitas, yo, entre otras había asumido la tarea de celebrar ciertas tertulias con ese objetivo, rodeado de un grupo de empresarios e industriales.
Recuerdo algunos nombres: Marino Aufant, “Santanita” Bonetty, Tuturo Pellerano, Máximo Pellerano, Heriberto de Castro, Horacio Alvarez, Moisés Pellerano, Fernando Viyella, Ernesto Vitienes, José Buera, Jaime Esteva, Ricardín Hernández, Luis García San Miguel, Baby Ricart, Papías Najri, Payo Ginebra, Pepe Armenteros, Enrique Armenteros etc.
A esas tertulias jamás faltó José Ramón Hernández y en ellas inicié yo con él y con su familia una entrañable amistad que el tiempo jamás la debilitó sino que la anudó y fortaleció más y más.
José Ramón fue para mí desde el primer momento una caja de sorpresas. Me encontré desde ese momento con un hombre de una calidad humana sorprendente. Enormemente abierto a todo lo bueno y a todo tipo de personas. Respetuoso, comprensivo y solidario. Jamás arrogante e impositivo. Cuando no estaba de acuerdo, abría un poco más sus claros ojos, se sonreía, esperaba pacientemente su turno y sabía disentir con elegancia, con comprensión, con serenidad y con envidiable respeto a los demás.
Debajo de estas cualidades intuí que estaba ante un ser humano notablemente dueño de si mismo, difícil don humano.
Hombre muy auténtico, ajeno a vanidades y oropeles sociales, enemigo acérrimo de recurrir a turbios manejos para conseguir objetivos y opuesto visceralmente a someterse vilmente a nadie para alcanzar respaldos o apoyos para escalar o lograr privilegios, José Ramón hizo médula de su vida la honestidad y la integridad a toda prueba. Creía en el éxito del trabajo honesto, hasta en demasía, e hizo de este convencimiento y actitud lema y clave de su paso por nosotros.
Un día decidió crear una memorable empresa de neveras “NEDOCA” y el éxito le acompañó por encima de su sueño. Miles de dominicanos y en islas adyacentes se han gloriado de tener una Nedoca. Nedoca fue una nevera que en tiempos muy débiles de la CDE, mientras las demás neveras se fundían y paralizaban, ella sola resistía las repentinas subidas y bajadas del alocado fluido eléctrico y raramente fallaba.
Con su vivaz ingenio José Ramón creó un sagaz slogan publicitario: “Nedoca, orgullo nacional”. Hoy hay que decirlo claramente. El verdadero orgullo nacional era José Ramón Hernández Lebrón. Con su muerte la Patria ha perdido uno de sus hijos más ejemplares, portento de honestidad sin límites. Hay que decirlo y repetirlo en tiempos de corrupción tan extendida y rampante.
Lo admirable de NEDOCA no fue sólo su calidad, su precio y la ambición de la accesibilidad a ella de todo dominicano hasta de los más débiles económicamente. Fue también la responsabilidad y pulcritud con que José Ramón manejó siempre su empresa. Hasta en el modo de liquidarla cuando llegó ese momento por desleales competencias. El último en ser tenido en cuenta en su liqidación fue él mismo.
Con José Ramón casi se extingue ya una casta. Esa casta de caballeros, de hidalgos, de hombres de palabra y correctos siempre, que se nos antoja patrimonio de otros tiempos. José Ramón era un símbolo viviente de lo mejor dominicano de un ayer que tristemente se nos ha ido ya.
José Ramón no supo en toda su vida de frivolidades. Ni en sus pensamientos ni en sus actitudes ni en sus acciones ni en sus reacciones, hasta ni en su porte. Me recordaba siempre a aquellos caballeros castellanos que pintó el Greco en su celebérrimo cuadro de la muerte del Conde de Orgaz.
El que no cultiva la frivolidad dispone de un valioso tiempo para empeños mejores. Ha sido el caso de José Ramón.
Metido en afanes propios (sus negocios, su hogar florecido con cinco encantadores y valiosos hijos) José Ramón sacó tiempo, una vez liquidada la tiranía, para contribuir eficazmente, como causa y apoyo necesario, al despegue y consolidación nacional. Tal vez muchos no lo sepan.
El fue origen y parte de la Patronal, precursora del Conep. El fue origen y parte de APEC. El fue parte, cuando esta Institución fue creada, de la Junta Monetaria del Banco Central y el fue origen y parte de la Asociación Popular de Ahorros y Préstamos a la que dedicó energías y entusiasmo decidido hasta su último momento.
Dije al principio que José Ramón me había resultado una caja de sorpresas. Una de esas sorpresas fue su veta literaria e histórica dominicana. En mis conversaciones con él, me quedé sorprendido una y otra vez que me recitase de memoria poesías insignes de los poetas de habla española, de los poetas de nuestra América Hispana y de España.
Regalo suyo en mi selectiva biblioteca guardo con mimo dos libros que él me regaló. Uno de ellos sobre Sor Juana Inés de la Cruz, mexicana, y otro sobre Fray Luis de León. Le encantaba también el tema histórico. Había leído mucho sobre nuestra Historia a partir, sobre todo, de la Independencia nacional.
Le gustó viajar, como un modo de descansar y de enriquecerse espiritualmente, y pudo hacerlo y fue de los pocos dispendios que se permitió porque, como la gente de ayer, a la que pertenecía, José Ramón era austero en su vida y ahorrador.
Familiar y amistosamente era de exquisita afabilidad y extremadamente cumplidor pero siempre comedido y correcto, sin perder por eso cierta espontaneidad encantadora. Su sonrisita de hombre bueno.
La mejor herencia que ha dejado a sus hijas e hijos, a sus nietos y nietas es su vida y ejemplo. A Ana María le ha dejado el alivio del gozo compartido de medio siglo de unión ininterrumpida, de sueños y dificultades sabiamente superadas. A sus amigos nos deja el beneficio y estímulo de su lealtad y generosidad. Y a toda la nación el viejo mensaje del Eclesiastés, libro sapiencial bíblico que proclama que “es mejor dificultad con integridad y tranquilidad de espíritu, que abundancia con desdoro, inequidad y desasosiego”.
La muerte, toda muerte, levanta estremecedores cuestionamientos que solo la fe logra levemente esclarecer. La fe es sutil bálsamo a la hora de despedir definitivamente de este mundo a los que queremos.
El ejército español da el último adiós a sus héroes caídos en cumplimiento de su deber, cantando vibrantemente este canción: “Cuando la pena nos alcanza/ por un hermano perdido;/ cuando el adiós dolorido/ busca en la fe su esperanza,/ en tu palabra confiamos/ con la certeza que tú/ ya le has devuelto la vida,/ ya lo has llevado a la luz./// Cuando, Señor, resucitaste/ todos vencimos contigo./ Nos regalaste la vida/ como en Betania al amigo/ Si caminamos a tu lado/ no va a faltarnos tu amor/ porque, muriendo, vivimos/ vida más clara y mejor//.
José Ramón Hernández Lebrón
Francisco José Arnaiz S. J. - 10/18/2008
Uno abriga la ilusión de que los seres humanos que quiere nunca se van a morir y, cuando acaece su muerte, uno se siente increíblemente sorprendido y sacudido.
Hay amigos que son como hermanos, parte fundamental de uno. Cuando definitivamente se nos van, tiene uno entonces la ácida sensación de que con ellos se va también algo fundamental de nuestro ser y de nuestro existir.
Conocí por primera vez a José Ramón Hernández en los primeros meses del año 62. Dirigía en esos momentos la Patronal. Como parte de una operación de formación político-social, en la que estábamos metidos un pequeño grupo de jesuitas, yo, entre otras había asumido la tarea de celebrar ciertas tertulias con ese objetivo, rodeado de un grupo de empresarios e industriales.
Recuerdo algunos nombres: Marino Aufant, “Santanita” Bonetty, Tuturo Pellerano, Máximo Pellerano, Heriberto de Castro, Horacio Alvarez, Moisés Pellerano, Fernando Viyella, Ernesto Vitienes, José Buera, Jaime Esteva, Ricardín Hernández, Luis García San Miguel, Baby Ricart, Papías Najri, Payo Ginebra, Pepe Armenteros, Enrique Armenteros etc.
A esas tertulias jamás faltó José Ramón Hernández y en ellas inicié yo con él y con su familia una entrañable amistad que el tiempo jamás la debilitó sino que la anudó y fortaleció más y más.
José Ramón fue para mí desde el primer momento una caja de sorpresas. Me encontré desde ese momento con un hombre de una calidad humana sorprendente. Enormemente abierto a todo lo bueno y a todo tipo de personas. Respetuoso, comprensivo y solidario. Jamás arrogante e impositivo. Cuando no estaba de acuerdo, abría un poco más sus claros ojos, se sonreía, esperaba pacientemente su turno y sabía disentir con elegancia, con comprensión, con serenidad y con envidiable respeto a los demás.
Debajo de estas cualidades intuí que estaba ante un ser humano notablemente dueño de si mismo, difícil don humano.
Hombre muy auténtico, ajeno a vanidades y oropeles sociales, enemigo acérrimo de recurrir a turbios manejos para conseguir objetivos y opuesto visceralmente a someterse vilmente a nadie para alcanzar respaldos o apoyos para escalar o lograr privilegios, José Ramón hizo médula de su vida la honestidad y la integridad a toda prueba. Creía en el éxito del trabajo honesto, hasta en demasía, e hizo de este convencimiento y actitud lema y clave de su paso por nosotros.
Un día decidió crear una memorable empresa de neveras “NEDOCA” y el éxito le acompañó por encima de su sueño. Miles de dominicanos y en islas adyacentes se han gloriado de tener una Nedoca. Nedoca fue una nevera que en tiempos muy débiles de la CDE, mientras las demás neveras se fundían y paralizaban, ella sola resistía las repentinas subidas y bajadas del alocado fluido eléctrico y raramente fallaba.
Con su vivaz ingenio José Ramón creó un sagaz slogan publicitario: “Nedoca, orgullo nacional”. Hoy hay que decirlo claramente. El verdadero orgullo nacional era José Ramón Hernández Lebrón. Con su muerte la Patria ha perdido uno de sus hijos más ejemplares, portento de honestidad sin límites. Hay que decirlo y repetirlo en tiempos de corrupción tan extendida y rampante.
Lo admirable de NEDOCA no fue sólo su calidad, su precio y la ambición de la accesibilidad a ella de todo dominicano hasta de los más débiles económicamente. Fue también la responsabilidad y pulcritud con que José Ramón manejó siempre su empresa. Hasta en el modo de liquidarla cuando llegó ese momento por desleales competencias. El último en ser tenido en cuenta en su liqidación fue él mismo.
Con José Ramón casi se extingue ya una casta. Esa casta de caballeros, de hidalgos, de hombres de palabra y correctos siempre, que se nos antoja patrimonio de otros tiempos. José Ramón era un símbolo viviente de lo mejor dominicano de un ayer que tristemente se nos ha ido ya.
José Ramón no supo en toda su vida de frivolidades. Ni en sus pensamientos ni en sus actitudes ni en sus acciones ni en sus reacciones, hasta ni en su porte. Me recordaba siempre a aquellos caballeros castellanos que pintó el Greco en su celebérrimo cuadro de la muerte del Conde de Orgaz.
El que no cultiva la frivolidad dispone de un valioso tiempo para empeños mejores. Ha sido el caso de José Ramón.
Metido en afanes propios (sus negocios, su hogar florecido con cinco encantadores y valiosos hijos) José Ramón sacó tiempo, una vez liquidada la tiranía, para contribuir eficazmente, como causa y apoyo necesario, al despegue y consolidación nacional. Tal vez muchos no lo sepan.
El fue origen y parte de la Patronal, precursora del Conep. El fue origen y parte de APEC. El fue parte, cuando esta Institución fue creada, de la Junta Monetaria del Banco Central y el fue origen y parte de la Asociación Popular de Ahorros y Préstamos a la que dedicó energías y entusiasmo decidido hasta su último momento.
Dije al principio que José Ramón me había resultado una caja de sorpresas. Una de esas sorpresas fue su veta literaria e histórica dominicana. En mis conversaciones con él, me quedé sorprendido una y otra vez que me recitase de memoria poesías insignes de los poetas de habla española, de los poetas de nuestra América Hispana y de España.
Regalo suyo en mi selectiva biblioteca guardo con mimo dos libros que él me regaló. Uno de ellos sobre Sor Juana Inés de la Cruz, mexicana, y otro sobre Fray Luis de León. Le encantaba también el tema histórico. Había leído mucho sobre nuestra Historia a partir, sobre todo, de la Independencia nacional.
Le gustó viajar, como un modo de descansar y de enriquecerse espiritualmente, y pudo hacerlo y fue de los pocos dispendios que se permitió porque, como la gente de ayer, a la que pertenecía, José Ramón era austero en su vida y ahorrador.
Familiar y amistosamente era de exquisita afabilidad y extremadamente cumplidor pero siempre comedido y correcto, sin perder por eso cierta espontaneidad encantadora. Su sonrisita de hombre bueno.
La mejor herencia que ha dejado a sus hijas e hijos, a sus nietos y nietas es su vida y ejemplo. A Ana María le ha dejado el alivio del gozo compartido de medio siglo de unión ininterrumpida, de sueños y dificultades sabiamente superadas. A sus amigos nos deja el beneficio y estímulo de su lealtad y generosidad. Y a toda la nación el viejo mensaje del Eclesiastés, libro sapiencial bíblico que proclama que “es mejor dificultad con integridad y tranquilidad de espíritu, que abundancia con desdoro, inequidad y desasosiego”.
La muerte, toda muerte, levanta estremecedores cuestionamientos que solo la fe logra levemente esclarecer. La fe es sutil bálsamo a la hora de despedir definitivamente de este mundo a los que queremos.
El ejército español da el último adiós a sus héroes caídos en cumplimiento de su deber, cantando vibrantemente este canción: “Cuando la pena nos alcanza/ por un hermano perdido;/ cuando el adiós dolorido/ busca en la fe su esperanza,/ en tu palabra confiamos/ con la certeza que tú/ ya le has devuelto la vida,/ ya lo has llevado a la luz./// Cuando, Señor, resucitaste/ todos vencimos contigo./ Nos regalaste la vida/ como en Betania al amigo/ Si caminamos a tu lado/ no va a faltarnos tu amor/ porque, muriendo, vivimos/ vida más clara y mejor//.
Jean Guitton nos habla de Jesucristo
PENSAMIENTO Y VIDA
Jean Guitton nos habla de Jesucristo
Francisco José Arnaiz S.J. - 2/21/2009
Lo dijimos en un artículo anterior. Jean Guitton, intelectual francés, escribió su libro “Mi pequeño catecismo”, siendo ya un octogenario. Curiosamente se lo dedicó a los niños. Quizás por aquello que advirtió Saint Exupery en “El principito” que los niños captan la realidad tal cual es por carecer de prejuicios. Los prejuicios distorsionan la percepción de la realidad en los adultos.
En el prólogo de su librito nos dice Jean Guitton: “Me sujeto a la regla de no decir nada que no esté al alcance del niño, pero tampoco de disminuir la integridad de la verdad religiosa; el catolicismo de ayer y de siempre”.
Emociona que el agudo conocedor e intérprete de Platón, Aristóteles, San Agustín, Althuser, Bergson, Pascal y Theilhard de Chardin, autor de obras como “Dios y la ciencia”, “La existencia temporal”, “Entrañas de Platón “, y “Aprender a vivir y a pensar”sea capaz de expresarse con tanta sencillez y tersura en su “Pequeño Catecismo”
De acuerdo con Jean Guitton, antes de hablar de Cristo hay que decir algo sobre Dios. Dios está escondido detrás de un gran misterio que podemos conocer a través de la revelación. Hace aproximadamente cuatro mil años Dios se reveló a un judío que se llamaba Abraham. Este nombre en hebreo quiere decir “padre de un gran pueblo”. Dios mostró a Abraham las estrellas y le dijo que tendría una posteridad tan numerosa como las estrellas. Abraham tuvo confianza en esta predicción. La posteridad de Abraham sería el pueblo judío.
Antes de Jesús, solamente este pueblo creía en un Dios único, en un Dios creador, en un Dios poderoso y bueno; en un Dios que había dado a los seres humano ciertos “mandamientos”. Estos mandamientos se llamaban la ley. Esta ley había sido revelada a un judío, llamado Moisés. Los diez mandamientos, que enumera, expresan lo que nos dice la conciencia: “Adora a Dios. No mates. No robes. Honra a tu padre y a tu madre” etc.
El pueblo judío esperaba la venida de un hombre extraordinario, que Dios suscitaría para darle la victoria sobre sus enemigos. Llamaba a este hombre Mesías. Ciertos judíos esperaban un caudillo. Otros por el contrario, más esclarecidos, pensaban que el Mesías sería un esclavo despreciado y quizás condenado a muerte.
Este Mesías apareció hace unos dos mil años. Conocemos su vida por cuatro libritos que los primeros cristianos guardaron como un tesoro y que han llegado hasta nosotros. Llamamos a estos libritos “evangelios, de un nombre griego que quiere decir “Buena Nueva”. Se cuenta en ellos que Jesús nació en un pueblecito cerca de la capital de su país (Jerusalén), donde sus padres estaban de paso. Este pueblo se llama Belén. Su padre y su madre no encontraron sitio en la posada. Jesús nació en una cueva. Su cuna fue el comedero de animales, un pesebre. Nació el 25 de diciembre: es la Navidad.
Vivió alrededor de treinta años en una aldea llamada Nazaret. Fue primero colegial y después carpintero como su Padre José. A los treinta años se fue de Nazaret para anunciar que él era el Mesías. Pero su reino no un reino terreno. Era un reino invisible al que llamaba el “Reino de Dios”.
Jesús escogió a doce amigos para continuar su obra. Se les llama “apóstoles”. Los sucesores de estos doce apóstoles se llaman obispos. El Jefe de los apóstoles se llamaba Pedro. Los sucesores de Pedro se llaman “Papas”. Probó que era un enviado de Dios por medio de actos extraordinarios, inexplicables para los sabios, y que son como signos de la presencia de Dios, de su poder y de su bondad: los milagros. Jesús convirtió el agua en vino, multiplicó los panes, curó a enfermos graves, resucitó a muertos. Pero, después de tres años, sus enemigos le hicieron morir clavándole las manos y los pies en una cruz.
Cuando hacemos la señal de la cruz, recordamos esta muerte de Jesús, Jesús tenía entonces treinta y tres años. Era alrededor de las tres de la tarde un viernes. Pero el domingo por la mañana, al amanecer, la tumba en donde habían colocado su cuerpo, fue encontrada vacía. Jesús se apareció vivo a los apóstoles. Les habló y les dio la orden de darlo a conocer a todos los pueblos. Entonces, después de cuarenta días, subió al cielo después de haber dicho: “Yo estaré con Ustedes todos los días hasta el final de los tiempos”.
Leyendo y releyendo los evangelios, se ve quién era Jesús. Jesús era muy sencillo, muy afectuoso y al mismo tiempo muy misterioso. Hablaba sin cesar de su Padre que está en los cielos, diciendo que él era “el hijo único de este Padre. Jesús vivía como un proscrito. No tenía ni una piedra donde reclinar su cabeza. Acogía a todo el mundo.
Vivió poco tiempo en un país muy pequeño pero hablaba para todos los pueblos y para todos los tiempos, como si estuviera presente en todas las épocas de la historia. Su personalidad más secreta estaba en el lazo que le unía con su Padre. Decía “nadie conoce al Hijo sino su Padre; y nadie conoce al sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo”.
Jesús murió hace dos mil años y pico. De todos los muertos, es el que está más vivo y el más amado. Durante veinte siglos millares de hombres, de mujeres, de jóvenes y de niños han vivido y muerto por él. ¿Por qué?. Porque entre todos los seres humanos, cuya historia conocemos, ninguna es más entrañable. Y la felicidad más de la vida es amarle.
Algunos, que presumen de doctos, aseguran que los milagros que nos cuentan los evangelios, son fábulas. La ciencia ñdicen- enseña que es imposible que un muerto vuelva a la vida. Estos doctos desconocen el poder de Dios que hizo el mundo de la nada. Dios ha querido que el mundo esté en orden, que tenga leyes, que el sol salga todos los días, que los seres humanos nazcan y mueran. Estas son las leyes de la naturaleza que estudian los sabios. Pero Dios es libre de hacer una excepción a estas leyes para revelarnos su existencia y su amor.
Dios se ha mostrado en la persona de Jesús, mucho más de lo que se muestra en la naturaleza e incluso en la Historia.
Algunos niegan también que Jesús se apareciese después de muerto. Interpretan que fue soñando. En sueños uno frecuentemente ve a familiares o gente conocida y no dice después que esos familiares o gente conocida se le ha aparecido. Evidentemente que los apóstoles soñaban como todos nosotros. Si Jesús, sin embargo, se les hubiera aparecido solamente en sueños, no hubieran tenido el valor de anunciarlo a toda la tierra ni se hubieran arriesgado a morir por ello. Y los apóstoles pregonaron que Jesús, después de muerto, les había hablado y todos murieron en medio de grandes sufrimientos por testimoniarlo. Y esto sucedió así porque los apóstoles vivieron con Jesús vivo después de su muerte bien comprobada. Entonces comprendieron que Jesús, como Dios, era el dueño de la vida y de la muerte y tuvieron la valentía de hablar de él.
Alguno pudiera preguntar: “Ya que Jesús vivió después de muerto, ¿murió, por lo tanto, segunda vez?. No, no murió segunda vez, porque cuando se apareció a sus apóstoles, después de su muerte, no era ya parecido a nosotros. No tenía necesidad de comer. Pasaba a través de las paredes. Podía estar en varios sitios a la vez. Su cuerpo era un cuerpo divinizado, un cuerpo que no sufría, que ya no podía morir. Llamamos a esto un cuerpo glorioso.
Los que oyen esto por primera vez suelen decir que por qué todas estas cosas no las conoce todo el mundo. Semejante pregunta se la hacían ya los amigos de Jesús cuando le decían: “¿Pero por qué no haces más milagros para manifestarte a toda la tierra?”. Jesús se muestra a todos los seres humanos pero les deja libres para acogerlo o rechazarlo, para conocerlo o ignorarlo. Es una suerte saber que Jesús existe; que es mi amigo; que lo puedo encontrar todos los días para ayudarme. Y éste es el motivo de que conocer todo esto sea importante para nuestra felicidad.
Jean Guitton nos habla de Jesucristo
Francisco José Arnaiz S.J. - 2/21/2009
Lo dijimos en un artículo anterior. Jean Guitton, intelectual francés, escribió su libro “Mi pequeño catecismo”, siendo ya un octogenario. Curiosamente se lo dedicó a los niños. Quizás por aquello que advirtió Saint Exupery en “El principito” que los niños captan la realidad tal cual es por carecer de prejuicios. Los prejuicios distorsionan la percepción de la realidad en los adultos.
En el prólogo de su librito nos dice Jean Guitton: “Me sujeto a la regla de no decir nada que no esté al alcance del niño, pero tampoco de disminuir la integridad de la verdad religiosa; el catolicismo de ayer y de siempre”.
Emociona que el agudo conocedor e intérprete de Platón, Aristóteles, San Agustín, Althuser, Bergson, Pascal y Theilhard de Chardin, autor de obras como “Dios y la ciencia”, “La existencia temporal”, “Entrañas de Platón “, y “Aprender a vivir y a pensar”sea capaz de expresarse con tanta sencillez y tersura en su “Pequeño Catecismo”
De acuerdo con Jean Guitton, antes de hablar de Cristo hay que decir algo sobre Dios. Dios está escondido detrás de un gran misterio que podemos conocer a través de la revelación. Hace aproximadamente cuatro mil años Dios se reveló a un judío que se llamaba Abraham. Este nombre en hebreo quiere decir “padre de un gran pueblo”. Dios mostró a Abraham las estrellas y le dijo que tendría una posteridad tan numerosa como las estrellas. Abraham tuvo confianza en esta predicción. La posteridad de Abraham sería el pueblo judío.
Antes de Jesús, solamente este pueblo creía en un Dios único, en un Dios creador, en un Dios poderoso y bueno; en un Dios que había dado a los seres humano ciertos “mandamientos”. Estos mandamientos se llamaban la ley. Esta ley había sido revelada a un judío, llamado Moisés. Los diez mandamientos, que enumera, expresan lo que nos dice la conciencia: “Adora a Dios. No mates. No robes. Honra a tu padre y a tu madre” etc.
El pueblo judío esperaba la venida de un hombre extraordinario, que Dios suscitaría para darle la victoria sobre sus enemigos. Llamaba a este hombre Mesías. Ciertos judíos esperaban un caudillo. Otros por el contrario, más esclarecidos, pensaban que el Mesías sería un esclavo despreciado y quizás condenado a muerte.
Este Mesías apareció hace unos dos mil años. Conocemos su vida por cuatro libritos que los primeros cristianos guardaron como un tesoro y que han llegado hasta nosotros. Llamamos a estos libritos “evangelios, de un nombre griego que quiere decir “Buena Nueva”. Se cuenta en ellos que Jesús nació en un pueblecito cerca de la capital de su país (Jerusalén), donde sus padres estaban de paso. Este pueblo se llama Belén. Su padre y su madre no encontraron sitio en la posada. Jesús nació en una cueva. Su cuna fue el comedero de animales, un pesebre. Nació el 25 de diciembre: es la Navidad.
Vivió alrededor de treinta años en una aldea llamada Nazaret. Fue primero colegial y después carpintero como su Padre José. A los treinta años se fue de Nazaret para anunciar que él era el Mesías. Pero su reino no un reino terreno. Era un reino invisible al que llamaba el “Reino de Dios”.
Jesús escogió a doce amigos para continuar su obra. Se les llama “apóstoles”. Los sucesores de estos doce apóstoles se llaman obispos. El Jefe de los apóstoles se llamaba Pedro. Los sucesores de Pedro se llaman “Papas”. Probó que era un enviado de Dios por medio de actos extraordinarios, inexplicables para los sabios, y que son como signos de la presencia de Dios, de su poder y de su bondad: los milagros. Jesús convirtió el agua en vino, multiplicó los panes, curó a enfermos graves, resucitó a muertos. Pero, después de tres años, sus enemigos le hicieron morir clavándole las manos y los pies en una cruz.
Cuando hacemos la señal de la cruz, recordamos esta muerte de Jesús, Jesús tenía entonces treinta y tres años. Era alrededor de las tres de la tarde un viernes. Pero el domingo por la mañana, al amanecer, la tumba en donde habían colocado su cuerpo, fue encontrada vacía. Jesús se apareció vivo a los apóstoles. Les habló y les dio la orden de darlo a conocer a todos los pueblos. Entonces, después de cuarenta días, subió al cielo después de haber dicho: “Yo estaré con Ustedes todos los días hasta el final de los tiempos”.
Leyendo y releyendo los evangelios, se ve quién era Jesús. Jesús era muy sencillo, muy afectuoso y al mismo tiempo muy misterioso. Hablaba sin cesar de su Padre que está en los cielos, diciendo que él era “el hijo único de este Padre. Jesús vivía como un proscrito. No tenía ni una piedra donde reclinar su cabeza. Acogía a todo el mundo.
Vivió poco tiempo en un país muy pequeño pero hablaba para todos los pueblos y para todos los tiempos, como si estuviera presente en todas las épocas de la historia. Su personalidad más secreta estaba en el lazo que le unía con su Padre. Decía “nadie conoce al Hijo sino su Padre; y nadie conoce al sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo”.
Jesús murió hace dos mil años y pico. De todos los muertos, es el que está más vivo y el más amado. Durante veinte siglos millares de hombres, de mujeres, de jóvenes y de niños han vivido y muerto por él. ¿Por qué?. Porque entre todos los seres humanos, cuya historia conocemos, ninguna es más entrañable. Y la felicidad más de la vida es amarle.
Algunos, que presumen de doctos, aseguran que los milagros que nos cuentan los evangelios, son fábulas. La ciencia ñdicen- enseña que es imposible que un muerto vuelva a la vida. Estos doctos desconocen el poder de Dios que hizo el mundo de la nada. Dios ha querido que el mundo esté en orden, que tenga leyes, que el sol salga todos los días, que los seres humanos nazcan y mueran. Estas son las leyes de la naturaleza que estudian los sabios. Pero Dios es libre de hacer una excepción a estas leyes para revelarnos su existencia y su amor.
Dios se ha mostrado en la persona de Jesús, mucho más de lo que se muestra en la naturaleza e incluso en la Historia.
Algunos niegan también que Jesús se apareciese después de muerto. Interpretan que fue soñando. En sueños uno frecuentemente ve a familiares o gente conocida y no dice después que esos familiares o gente conocida se le ha aparecido. Evidentemente que los apóstoles soñaban como todos nosotros. Si Jesús, sin embargo, se les hubiera aparecido solamente en sueños, no hubieran tenido el valor de anunciarlo a toda la tierra ni se hubieran arriesgado a morir por ello. Y los apóstoles pregonaron que Jesús, después de muerto, les había hablado y todos murieron en medio de grandes sufrimientos por testimoniarlo. Y esto sucedió así porque los apóstoles vivieron con Jesús vivo después de su muerte bien comprobada. Entonces comprendieron que Jesús, como Dios, era el dueño de la vida y de la muerte y tuvieron la valentía de hablar de él.
Alguno pudiera preguntar: “Ya que Jesús vivió después de muerto, ¿murió, por lo tanto, segunda vez?. No, no murió segunda vez, porque cuando se apareció a sus apóstoles, después de su muerte, no era ya parecido a nosotros. No tenía necesidad de comer. Pasaba a través de las paredes. Podía estar en varios sitios a la vez. Su cuerpo era un cuerpo divinizado, un cuerpo que no sufría, que ya no podía morir. Llamamos a esto un cuerpo glorioso.
Los que oyen esto por primera vez suelen decir que por qué todas estas cosas no las conoce todo el mundo. Semejante pregunta se la hacían ya los amigos de Jesús cuando le decían: “¿Pero por qué no haces más milagros para manifestarte a toda la tierra?”. Jesús se muestra a todos los seres humanos pero les deja libres para acogerlo o rechazarlo, para conocerlo o ignorarlo. Es una suerte saber que Jesús existe; que es mi amigo; que lo puedo encontrar todos los días para ayudarme. Y éste es el motivo de que conocer todo esto sea importante para nuestra felicidad.
Sobre nuestro Autor
Mons. Fco. José Arnáiz, S.J.
Nacido en Bilbao en 1925 y jesuita desde 1941, con unos cuantos años en Cuba, llega a la República Dominicana en 1961. Trabaja apostólicamente con sindicalistas, empresarios, campesinos y universitarios hasta 1964. De 1964 a 1975 es Rector y profesor del Seminario Mayor Pontificio de Santo Tomás. En 1975 asume el cargo de Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano. El 6 de enero de 1989 es ordenado Obispo Titular de Leges y Auxiliar del Arzobispo de Santo Domingo. Desde 1966 mantiene en el Listín del sábado una columna de "Pensamiento y Vida". Es autor de numerosos libros.Mons. Adames, que lo conoce desde 1946, al hacerse pública su elección como Obispo, después de ponderar en el Semanario Camino su trayectoria como Rector, Profesor y Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano, comentó: "Y por encima de todo, dominicano. Entrañable y pasionalmente identificado con este pueblo. Con una gran comprensión de la historia pasada, del presente, y del destino de los dominicanos... como muy pocos. Preocupado y activo en momentos decisivos para este pueblo... como también muy pocos. Ser, sentir y pensar en clave dominicano es para el P. Arnáiz una necesidad y, más que esto, una querencia".
Nacido en Bilbao en 1925 y jesuita desde 1941, con unos cuantos años en Cuba, llega a la República Dominicana en 1961. Trabaja apostólicamente con sindicalistas, empresarios, campesinos y universitarios hasta 1964. De 1964 a 1975 es Rector y profesor del Seminario Mayor Pontificio de Santo Tomás. En 1975 asume el cargo de Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano. El 6 de enero de 1989 es ordenado Obispo Titular de Leges y Auxiliar del Arzobispo de Santo Domingo. Desde 1966 mantiene en el Listín del sábado una columna de "Pensamiento y Vida". Es autor de numerosos libros.Mons. Adames, que lo conoce desde 1946, al hacerse pública su elección como Obispo, después de ponderar en el Semanario Camino su trayectoria como Rector, Profesor y Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano, comentó: "Y por encima de todo, dominicano. Entrañable y pasionalmente identificado con este pueblo. Con una gran comprensión de la historia pasada, del presente, y del destino de los dominicanos... como muy pocos. Preocupado y activo en momentos decisivos para este pueblo... como también muy pocos. Ser, sentir y pensar en clave dominicano es para el P. Arnáiz una necesidad y, más que esto, una querencia".
Sobre nuestro Autor
Mons. Fco. José Arnáiz, S.J.
Nacido en Bilbao en 1925 y jesuita desde 1941, con unos cuantos años en Cuba, llega a la República Dominicana en 1961. Trabaja apostólicamente con sindicalistas, empresarios, campesinos y universitarios hasta 1964. De 1964 a 1975 es Rector y profesor del Seminario Mayor Pontificio de Santo Tomás. En 1975 asume el cargo de Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano. El 6 de enero de 1989 es ordenado Obispo Titular de Leges y Auxiliar del Arzobispo de Santo Domingo. Desde 1966 mantiene en el Listín del sábado una columna de "Pensamiento y Vida". Es autor de numerosos libros.Mons. Adames, que lo conoce desde 1946, al hacerse pública su elección como Obispo, después de ponderar en el Semanario Camino su trayectoria como Rector, Profesor y Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano, comentó: "Y por encima de todo, dominicano. Entrañable y pasionalmente identificado con este pueblo. Con una gran comprensión de la historia pasada, del presente, y del destino de los dominicanos... como muy pocos. Preocupado y activo en momentos decisivos para este pueblo... como también muy pocos. Ser, sentir y pensar en clave dominicano es para el P. Arnáiz una necesidad y, más que esto, una querencia".
Nacido en Bilbao en 1925 y jesuita desde 1941, con unos cuantos años en Cuba, llega a la República Dominicana en 1961. Trabaja apostólicamente con sindicalistas, empresarios, campesinos y universitarios hasta 1964. De 1964 a 1975 es Rector y profesor del Seminario Mayor Pontificio de Santo Tomás. En 1975 asume el cargo de Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano. El 6 de enero de 1989 es ordenado Obispo Titular de Leges y Auxiliar del Arzobispo de Santo Domingo. Desde 1966 mantiene en el Listín del sábado una columna de "Pensamiento y Vida". Es autor de numerosos libros.Mons. Adames, que lo conoce desde 1946, al hacerse pública su elección como Obispo, después de ponderar en el Semanario Camino su trayectoria como Rector, Profesor y Secretario General de la Conferencia del Episcopado Dominicano, comentó: "Y por encima de todo, dominicano. Entrañable y pasionalmente identificado con este pueblo. Con una gran comprensión de la historia pasada, del presente, y del destino de los dominicanos... como muy pocos. Preocupado y activo en momentos decisivos para este pueblo... como también muy pocos. Ser, sentir y pensar en clave dominicano es para el P. Arnáiz una necesidad y, más que esto, una querencia".
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